Acababa
de volver de un largo paseo acompañada de mi pequeño gollemcito,
Muffly. La verdad, siempre está ahí cuando lo necesito. No sé cómo puede
ser tan atento conmigo y escuchar todo lo que le digo. ¿No se cansará
de oírme? A veces le he preguntado, pero siempre ha negado con esa
'sonrisa' que sólo yo le encuentro.
Subí
a mi habitación y cerré las cortinas. Necesitaba un descanso de tanta
caminata por la cuidad, así que abrí la cama y, sin cambiarme de ropa ni
nada, me metí bajo las sábanas y me dormí.
Ni
siquiera fui consciente de que acabara sumida en un profundo sueño. Lo
único que sé es que soñé con Muffly. Pero no era el Muffly que yo
conocía. Era humano. Pelo negro azabache, ojos grises plata. Muy guapo
en sí. ¿Cómo lo reconocí? Bueno... Vi en él la sonrisa que siempre me
dedicaba mi gollem.
La pregunta es... ¿Fue de verdad un sueño, o en cierto modo Muffly acabó siendo humano?
→ Mientras Yuline dormía...
"¿Yuline?",
pensaba la pequeña bolita alada, viendo que su dueña se había quedado
dormida al poco de acostarse. Al parecer, se había vuelto a quedar solo
mientras ella descansaba. Normalmente, el gollem se habría metido en su
escote, como hacía siempre que la joven exorcista no lo 'necesitaba' o
cuando él también quería dormir un rato; pero esa vez fue diferente.
La
puerta estaba ligeramente entornada, y la bolita aprovechó para salir
del cuarto sin molestarla. "¿Dónde podría ir?", se preguntaba para sí.
Era una pena estar únicamente constituido por un cuerpecito redondo, dos
cuernos, cuatro patitas, una cola larga pero finita, dos alas de
murciélago y un ojo, careciendo de boca. "Seguramente, si tuviera boca y
pudiera hablar con mi dueña, ella no se sentiría a veces tan sola..."
Siguió
rondando por la nueva Congregación. Estaba tan cambiada y había pasado
tanto tiempo en la Delegación de Asia que casi se pierde unas cuantas
veces, aunque milagrosamente recordaba un poco los pasillos antiguos que
quedaban.
De
repente, tuvo una idea. "Si no puedo hablarle así... ¿Por qué no
convertirme en un humano, como ella? Así la podría abrazar y consolar
cuando estuviera triste..." Y con ese plan en mente, voló rápido hacia
el laboratorio de la Orden.
La
puerta era de hierro, y estaba cerrada a cal y canto. Vaya, qué
problema. ¿Cómo conseguiría pasar ahora? Se agazapó en el suelo,
esperando por si algún científico entraba o salía de allí, tomando la
oportunidad de entrar; aunque el tiempo pasaba y nadie cruzaba la
puerta, así que aburrido, se echó una siestecita en el suelo.
Sin
embargo, su pequeña siesta pronto se vio interrumpida por un chirrido
desagradable proveniente de la puerta de hierro del laboratorio, de la
que un par de científicos salían hablando sobre unos papeles acerca de
las inocencias.
Allí
estaba su oportunidad para entrar, así que batió las alas con fuerza y
se coló dentro del laboratorio, cerrándose la puerta tras de sí. Todo
estaba lleno de probetas, sustancias raras cuyos colores parecían el
mismo arco iris, reglas, metros, y hasta objetos propios de quirófanos.
"¿Por
dónde estarán las sustancias que aún no han sido probadas?", se repetía
de nuevo. Estaba cansado de tanto buscar. La última vez que le pasó eso
fue hace mucho, y ya no se acordaba del color del líquido que se le
derramó encima junto con Timcanpy por culpa de una riña que tuvieron.
De
golpe, por no haber prestado mucha atención al camino por el que iba,
terminó chocándose con varias probetas, tirando el contenido que había
en éstas, que se mezclaron en el suelo. La reacción no tenía buena
pinta: un mejunje de color verdoso bastante oscuro, del cual emanaban burbujas sin parar, que desprendía un olor un tanto raro (aunque Muffly no lo percibió porque no tiene nariz ni nada).
Al
ver que aquellas burbujas cada vez eran más y más grandes, y que aquel
líquido verde se iba expandiendo, se asustó. Quería volar lejos de allí,
ocultarse, esconderse donde fuera, aunque olvidó un pequeño detalle: la
puerta se había cerrado, y con sus pequeñas patitas no la podría abrir.
Entonces,
ocurrió. Una gran explosión estalló dentro del laboratorio, justo donde
Muffly estaba. El ruido que provocó fue tan grande que todo el edificio
de la Orden tembló, asustando tanto a científicos como a exorcistas. Y
cómo no, Yuline despertó...
→ Tras el despertar de Yuline...
—¡Agh! —Grité. Había tenido despertares muy malos a lo largo de mi vida, pero ése fue el peor.— ¿Qué demonios ha pasado...?
Miré
a mi alrededor. Todo parecía normal a pesar de que el armario que había
al lado de mi cama aún estaba un poco temblando por las ondas sonoras,
al igual que mi cama. Sin embargo, aún seguía notando algo raro en el
ambiente, hasta que caí en la cuenta de que Muffly no estaba en la
mesita ni dentro de mi camiseta.
—¿Muffly? ¿Dónde te has metido? —Preguntaba
al aire, buscándolo por encima del armario, o debajo de la cama,
pensando que del estruendo se podría haber asustado.— Vamos, sal de donde quiera que estés...
Seguí
llamando a mi compañero, pero no aparecía. ¿Dónde podría estar? En mi
cuarto seguro que no, y si no salía de allí y me ponía a buscarlo por
toda la Congregación, no aparecería.
En
cuanto abrí la puerta, un asqueroso humo verdoso inundó todo mi cuarto.
No podía ver ni respirar; el olor era insoportable. De repente, escuché
una voz que me llamaba. Era Johnny, y entre tartamudeos suyos conseguí
entender algo de lo que me decía:
—¡Yuline, Yuline! ¡¿Estás bien?! —Esas fueron sus primeras palabras. Me animaba saber que al menos había gente allí que se preocupara por mí.—
¡Ha habido una explosión en el laboratorio, y cuando algunos de los
científicos han entrado para saber qué ocurría, hemos encontrado a un
chico moreno sin ropas tirado en el suelo!
No
sabía por qué, pero al escuchar a Johnny decir eso, me dio un vuelco al
corazón. Quizá fueran paranoias mías, o quizá fuera otro chico, pero lo
que yo sentía era algo tan extraño que me hizo pensar por un momento
que aquel chico era mi Muffly, mi gollemcito.
Crucé
los pasillos de la Orden tan rápido que ni me di ni cuenta (de verdad,
no sabía que eso de 'ser más rápida que la velocidad de la luz' lo
hubiera hecho posible sin activar mi inocencia) y llegué al fin al
laboratorio. Cómo no, los científicos no me dejaron entrar, aunque,
francamente, me dio igual. Un toque de los brazaletes entre sí, y mi
inocencia estaba activada (y cómo me mola activar la inocencia sin
necesidad para ver la llamita roja de mi ojo izquierdo... bueno, a lo
que iba). Me convertí en electricidad, y los electrones viajaron a
través de los cables de la luz, consiguiendo pasar al laboratorio sin
que me vieran. Fue entonces cuando vi a un grupo de hombres al lado de
un joven bastante mono echándole la bronca.
—Eh, eh, ¿qué pasa aquí? —Pregunté.
Los hombres me miraron con indiferencia y ni se dignaron a responder.
Ya saben ahora por qué odio a la escuadrilla de mi 'jefe', Leverrier,
aunque jamás lo he considerado jefe en absoluto.
Viendo
que no iba a conocer la causa de que tanto tío se juntara en aquella
sala, miré al chico, dispuesta a preguntarle a él, aunque al verlo, mis
palabras colapsaron y no pude hablar. Aquel cabello azabache, aquellos
ojos plateados, ese cuerpo tan blanco... Y esa sonrisa que apareció en
su cara nada más mirarlo. Sin duda, era él.
—¡¿Muffly?! —Grité impresionada, sin importarme que aquellos tipos me estuvieran viendo.
—¡Ama! —Dijo él. Realmente, nunca lo había oído hablar, pero su voz era tan dulce y adorable que casi olvido que era mi gollem.
—¿Dónde te habías metido? —Le
pregunté tirándome al suelo ante él y abrazándolo con fuerza. Para ser
una bolita negra con alas, de forma humana estaba bastante fuerte...
—Pues...
Sabía que te sentías mal. Siempre tienes esa mirada tan triste en tus
ojos, y quería animarte con algo... Pensé que como no puedo hablar ni
nada de eso, no estarías feliz conmigo...
—¿Cómo que no? ¡Jo, si eres el mejor del mundo! —De
la ilusión que me hicieron sus palabras, acabé echándome sobre él.
Fallo mío: no recordaba que no llevaba ropa y que lo único que lo cubría
era una camisa larga que le habían dejado.
—¿Entonces... ahora estás enfadada por haberme hecho humano?
—No, claro que no... No podría enfadarme contigo~.
Tras
una larga charla con Muff y los hombres que guardaban el laboratorio,
nos dejaron salir de allí, viendo que él era mío. Ahora que era un
humano como todos, debería tener los recursos básicos que tienen los
demás chicos, como ropa y esas cosas... Aunque fijándome bien, muy
normal Muffly no era: aparte de su pelo negro y ojos grises, aún se le
notaban los cuernecitos sobre su cabeza, y lo mismo ocurría con su
colita.
Ya comenzaba a añorar a
mi pequeño Muffly, aunque ahora estaba conmigo en persona, literalmente,
y ambos sabíamos que aún nos quedaban cosas por vivir antes de su
vuelta a su forma original. Le comenté a Komui lo que había ocurrido, y
me asignó la misión más divertida que hubiera podido tener en años:
cuidar de Muff hasta que volviera a su forma.
Al
parecer, el efecto de aquella mezcla tan rara que se había producido en
el laboratorio se pasaría al cabo de una semana. ¡Y mejor! Así tendría
toooda una semana entera para dedicarla a mi pequeño y adorable
gollemcito. Así que... próxima misión: Muffly.
Continuará.