viernes, 16 de marzo de 2012

|| 7 || Just like a rose

Yo una vez era como una rosa:
me cubría de espinas para que no me hirieran,
para que no me hicieran daño.
Él me recogió y me las quitó.
Y yo por ello sufrí.
 Intento volver a ser
aquella rosa espinosa
que fui una vez, 
pero parece que las espinas
ahora crecen hacia dentro...

|| 6 || Muffly (I)


Acababa de volver de un largo paseo acompañada de mi pequeño gollemcito, Muffly. La verdad, siempre está ahí cuando lo necesito. No sé cómo puede ser tan atento conmigo y escuchar todo lo que le digo. ¿No se cansará de oírme? A veces le he preguntado, pero siempre ha negado con esa 'sonrisa' que sólo yo le encuentro. 

Subí a mi habitación y cerré las cortinas. Necesitaba un descanso de tanta caminata por la cuidad, así que abrí la cama y, sin cambiarme de ropa ni nada, me metí bajo las sábanas y me dormí.

Ni siquiera fui consciente de que acabara sumida en un profundo sueño. Lo único que sé es que soñé con Muffly. Pero no era el Muffly que yo conocía. Era humano. Pelo negro azabache, ojos grises plata. Muy guapo en sí. ¿Cómo lo reconocí? Bueno... Vi en él la sonrisa que siempre me dedicaba mi gollem.

La pregunta es... ¿Fue de verdad un sueño, o en cierto modo Muffly acabó siendo humano?



→ Mientras Yuline dormía...


"¿Yuline?", pensaba la pequeña bolita alada, viendo que su dueña se había quedado dormida al poco de acostarse. Al parecer, se había vuelto a quedar solo mientras ella descansaba. Normalmente, el gollem se habría metido en su escote, como hacía siempre que la joven exorcista no lo 'necesitaba' o cuando él también quería dormir un rato; pero esa vez fue diferente.
 
La puerta estaba ligeramente entornada, y la bolita aprovechó para salir del cuarto sin molestarla. "¿Dónde podría ir?", se preguntaba para sí. Era una pena estar únicamente constituido por un cuerpecito redondo, dos cuernos, cuatro patitas, una cola larga pero finita, dos alas de murciélago y un ojo, careciendo de boca. "Seguramente, si tuviera boca y pudiera hablar con mi dueña, ella no se sentiría a veces tan sola..."

Siguió rondando por la nueva Congregación. Estaba tan cambiada y había pasado tanto tiempo en la Delegación de Asia que casi se pierde unas cuantas veces, aunque milagrosamente recordaba un poco los pasillos antiguos que quedaban.

De repente, tuvo una idea. "Si no puedo hablarle así... ¿Por qué no convertirme en un humano, como ella? Así la podría abrazar y consolar cuando estuviera triste..." Y con ese plan en mente, voló rápido hacia el laboratorio de la Orden.

La puerta era de hierro, y estaba cerrada a cal y canto. Vaya, qué problema. ¿Cómo conseguiría pasar ahora? Se agazapó en el suelo, esperando por si algún científico entraba o salía de allí, tomando la oportunidad de entrar; aunque el tiempo pasaba y nadie cruzaba la puerta, así que aburrido, se echó una siestecita en el suelo.

Sin embargo, su pequeña siesta pronto se vio interrumpida por un chirrido desagradable proveniente de la puerta de hierro del laboratorio, de la que un par de científicos salían hablando sobre unos papeles acerca de las inocencias.

Allí estaba su oportunidad para entrar, así que batió las alas con fuerza y se coló dentro del laboratorio, cerrándose la puerta tras de sí. Todo estaba lleno de probetas, sustancias raras cuyos colores parecían el mismo arco iris, reglas, metros, y hasta objetos propios de quirófanos.

"¿Por dónde estarán las sustancias que aún no han sido probadas?", se repetía de nuevo. Estaba cansado de tanto buscar. La última vez que le pasó eso fue hace mucho, y ya no se acordaba del color del líquido que se le derramó encima junto con Timcanpy por culpa de una riña que tuvieron.

De golpe, por no haber prestado mucha atención al camino por el que iba, terminó chocándose con varias probetas, tirando el contenido que había en éstas, que se mezclaron en el suelo. La reacción no tenía buena pinta: un mejunje de color verdoso bastante oscuro, del cual emanaban burbujas sin parar, que desprendía un olor un tanto raro (aunque Muffly no lo percibió porque no tiene nariz ni nada).

Al ver que aquellas burbujas cada vez eran más y más grandes, y que aquel líquido verde se iba expandiendo, se asustó. Quería volar lejos de allí, ocultarse, esconderse donde fuera, aunque olvidó un pequeño detalle: la puerta se había cerrado, y con sus pequeñas patitas no la podría abrir.

Entonces, ocurrió. Una gran explosión estalló dentro del laboratorio, justo donde Muffly estaba. El ruido que provocó fue tan grande que todo el edificio de la Orden tembló, asustando tanto a científicos como a exorcistas. Y cómo no, Yuline despertó...



→ Tras el despertar de Yuline...


—¡Agh! —Grité. Había tenido despertares muy malos a lo largo de mi vida, pero ése fue el peor.— ¿Qué demonios ha pasado...?

Miré a mi alrededor. Todo parecía normal a pesar de que el armario que había al lado de mi cama aún estaba un poco temblando por las ondas sonoras, al igual que mi cama. Sin embargo, aún seguía notando algo raro en el ambiente, hasta que caí en la cuenta de que Muffly no estaba en la mesita ni dentro de mi camiseta.

—¿Muffly? ¿Dónde te has metido? —Preguntaba al aire, buscándolo por encima del armario, o debajo de la cama, pensando que del estruendo se podría haber asustado.— Vamos, sal de donde quiera que estés...

Seguí llamando a mi compañero, pero no aparecía. ¿Dónde podría estar? En mi cuarto seguro que no, y si no salía de allí y me ponía a buscarlo por toda la Congregación, no aparecería. 

En cuanto abrí la puerta, un asqueroso humo verdoso inundó todo mi cuarto. No podía ver ni respirar; el olor era insoportable. De repente, escuché una voz que me llamaba. Era Johnny, y entre tartamudeos suyos conseguí entender algo de lo que me decía:

—¡Yuline, Yuline! ¡¿Estás bien?! —Esas fueron sus primeras palabras. Me animaba saber que al menos había gente allí que se preocupara por mí.— ¡Ha habido una explosión en el laboratorio, y cuando algunos de los científicos han entrado para saber qué ocurría, hemos encontrado a un chico moreno sin ropas tirado en el suelo!

No sabía por qué, pero al escuchar a Johnny decir eso, me dio un vuelco al corazón. Quizá fueran paranoias mías, o quizá fuera otro chico, pero lo que yo sentía era algo tan extraño que me hizo pensar por un momento que aquel chico era mi Muffly, mi gollemcito.

Crucé los pasillos de la Orden tan rápido que ni me di ni cuenta (de verdad, no sabía que eso de 'ser más rápida que la velocidad de la luz' lo hubiera hecho posible sin activar mi inocencia) y llegué al fin al laboratorio. Cómo no, los científicos no me dejaron entrar, aunque, francamente, me dio igual. Un toque de los brazaletes entre sí, y mi inocencia estaba activada (y cómo me mola activar la inocencia sin necesidad para ver la llamita roja de mi ojo izquierdo... bueno, a lo que iba). Me convertí en electricidad, y los electrones viajaron a través de los cables de la luz, consiguiendo pasar al laboratorio sin que me vieran. Fue entonces cuando vi a un grupo de hombres al lado de un joven bastante mono echándole la bronca.

—Eh, eh, ¿qué pasa aquí? —Pregunté. Los hombres me miraron con indiferencia y ni se dignaron a responder. Ya saben ahora por qué odio a la escuadrilla de mi 'jefe', Leverrier, aunque jamás lo he considerado jefe en absoluto.

Viendo que no iba a conocer la causa de que tanto tío se juntara en aquella sala, miré al chico, dispuesta a preguntarle a él, aunque al verlo, mis palabras colapsaron y no pude hablar. Aquel cabello azabache, aquellos ojos plateados, ese cuerpo tan blanco... Y esa sonrisa que apareció en su cara nada más mirarlo. Sin duda, era él.

—¡¿Muffly?! —Grité impresionada, sin importarme que aquellos tipos me estuvieran viendo.

—¡Ama! —Dijo él. Realmente, nunca lo había oído hablar, pero su voz era tan dulce y adorable que casi olvido que era mi gollem.

—¿Dónde te habías metido? —Le pregunté tirándome al suelo ante él y abrazándolo con fuerza. Para ser una bolita negra con alas, de forma humana estaba bastante fuerte...

—Pues... Sabía que te sentías mal. Siempre tienes esa mirada tan triste en tus ojos, y quería animarte con algo... Pensé que como no puedo hablar ni nada de eso, no estarías feliz conmigo...

—¿Cómo que no? ¡Jo, si eres el mejor del mundo! —De la ilusión que me hicieron sus palabras, acabé echándome sobre él. Fallo mío: no recordaba que no llevaba ropa y que lo único que lo cubría era una camisa larga que le habían dejado. 

—¿Entonces... ahora estás enfadada por haberme hecho humano?

—No, claro que no... No podría enfadarme contigo~.

Tras una larga charla con Muff y los hombres que guardaban el laboratorio, nos dejaron salir de allí, viendo que él era mío. Ahora que era un humano como todos, debería tener los recursos básicos que tienen los demás chicos, como ropa y esas cosas... Aunque fijándome bien, muy normal Muffly no era: aparte de su pelo negro y ojos grises, aún se le notaban los cuernecitos sobre su cabeza, y lo mismo ocurría con su colita. 

Ya comenzaba a añorar a mi pequeño Muffly, aunque ahora estaba conmigo en persona, literalmente, y ambos sabíamos que aún nos quedaban cosas por vivir antes de su vuelta a su forma original. Le comenté a Komui lo que había ocurrido, y me asignó la misión más divertida que hubiera podido tener en años: cuidar de Muff hasta que volviera a su forma.

Al parecer, el efecto de aquella mezcla tan rara que se había producido en el laboratorio se pasaría al cabo de una semana. ¡Y mejor! Así tendría toooda una semana entera para dedicarla a mi pequeño y adorable gollemcito. Así que... próxima misión: Muffly.

Continuará.

|| 5 || Plagiadora de los cojones

Querida plagiadora, tenía que decirte que muchas gracias por copiarme, por arruinar mi vida intentando parecerte a mí, por quitarme mis fotos y editarlas a tu antojo, por clonar mi ficha con tus estúpidos datos y por querer hacerme vivir a la sombra de algo que YO he creado.

Por todo eso, te doy las gracias, ya que, aparte de haberme hecho querer matarte, rajarte, asesinarte, destriparte, descuartizarte, y mil cosas horrendas más que se me pudieran ocurrir por mi (a veces) perversa mente, me has hecho abrir los ojos y ver que soy tan sumamente genial que me plagian, que tengo una imaginación de la que sentirme orgullosa, que mis pjs son la hostia en patinete, y que soy una estrellaza que eclipsa a todos los envidiosos y envidiosas.

Sin embargo, ten cuidado, porque ya te tengo fichada, plagiadora mía. Y no, esta vez te hundiré aún más abajo. Hala, a mamarla.

→ Con amor, de Yuline Kanda, la verdadera exorcista eléctrica.

P.D.: Te odio


|| 4 || Ositos


Voy a contarte algo... Es un secreto, así que no se lo cuentes a nadie... 


En mi cuarto, tengo dos ositos escondidos bajo la cama. Ambos son muy importantes para mí, pero yo quiero regalarte uno...

¿Sabes? Se llaman Migo y Tigo. Tú te quedarás conmigo, y yo me quedaré contigo. Es una promesa, cuídalo bien... Porque en el fondo de ese pequeño osito de peluche se esconde mi corazón...

|| 3 || Tu cero a la izquierda


Siempre he sido y seré un maldito cero a la izquierda...


El simple hecho de no querer parecerme a los demás, de evadirme de esta asquerosa sociedad que se ha formado, de no ser una creída estúpida como muchas... Todo eso ha acabado por derribarme al suelo... Haciéndome caer lo más bajo que he podido... Una... Y otra... Y otra vez... Hasta herirme...


Quería desaparecer. De verdad lo quería... Siempre sintiéndome desplazada, distinta... Un bicho raro cuya meta no es convertirme en uno de ellos... Y aunque en el fondo sepa que ser diferente está bien, a veces esas diferencias hacen que te quedes sola...

Era obvio cómo iba a terminar: sola. Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de las manos, aunque a mí me sobra una mano... Sin embargo, la soledad por la que mi triste corazón vagaba se llamaba amor


Desde siempre temí esa palabra. Me daba miedo... Miedo porque estaba segura de que nunca la entendería, de que su significado me quedaba demasiado grande. Me odiaba. Miraba a mi alrededor y la imagen era la misma: todos exitosos, populares... Y luego, yo.


Yo... Esa rosa roja, sangrienta... De tantas heridas recibidas... Esa delicada flor que se terminó cubriendo de espinas para protegerse, para evitar que la dañaran... Dolor. Dolor inmenso al pensar que si esas espinas desaparecían, me destruirían... Y sin embargo, esas espinas desaparecieron...


Y apareciste tú. Una de las únicas personas que han sido capaz de aceptarme tal como soy, que ha podido convencerme de que, a veces, ser diferente no es algo malo, sino todo lo contrario. Porque las personas distintas son especiales...

Entonces aprendí el significado de amor a través de ti. Supe desde el primer momento que pasaría algo entre nosotros. Supe desde el primer momento que... serías mío.


Y desde ese momento, mi vida cambió. Mi corazón se animó, mi alma se iluminó, y aquella rosa marginada floreció con el mayor esplendor que ninguna estrella podría imitar...


Ya no soy un simple cero a la izquierda. No. Y si tengo que serlo... Seré tu cero a la izquierda. Me haces sentir especial... Haces que crea que soy tan bonita como las demás chicas... incluso más que ellas... Que, según tú, no hay nadie mejor para ti... ¿Y sabes qué te digo...?

Que te amo más que a nada en este mundo.



Mucha gente se atreve a decir que la distancia es sinónimo de olvido. Yo creo que se equivocan, y mucho. La distancia separa personas, no corazones. Pero por si acaso... Te prometo amor eterno... Porque, gracias a ti, creo que no estoy tan mal si he conseguido enamorarte...

To: I.E.

|| 2 || Ahogarse en gotas de agua

Sentirse sola y empezar a pensar... 


Comerse la cabeza por cosas improblables, cosas que no pueden suceder, que son prácticamente imposibles... Y que por culpa de tu constante debilidad, te hacen caer una y otra vez.

Con cada caída, una herida nueva. Y junto a las demás, dolor. Un dolor terrible, insoportable, que es incapaz de ser calmado por nadie... 


Cuando te das cuenta, ya no puedes escapar. Tu mundo se destruye, tu vida... y tu corazón. Todo pasa a estar en manos de la depresión, de la tristeza y... la muerte. 

 
Muchas veces se ha dicho "No te ahogues en un vaso de agua", pero hay muchas personas que no sólo en un vaso, sino en una simple lágrima. En gotas de lluvia que emanan de tus ojos, y que te impide ver el buen camino. 


Y cuando eso ocurre, lo mejor que puedes hacer es confiar en las personas que te quieren, que te apoyan, en las de verdad. En esos amigos que estarán ahí pase lo que pase, que no te van a abandonar aunque por culpa de las lágrimas veas tu imagen distorsionada... 


 Porque ellos poseen una vista aún más allá de los ojos: la del corazón.

|| 1 || ¿Una vida a la sombra de otros...?

No es justo... No es justo que gente que de verdad vale mucho tenga que quedarse a la sombra de otros...


Lo que hay que hacer es esperar... Esperar ese débil momento para los fuertes, y aprovecharlo. Hay barreras que evitan a las mejores personas brillar con luz propia, y el truco para conseguirlo es esperar.


Siempre hay un momento clave para todo. Y el de relucir consiste en esperar que la barrera se desquebraje... para convertirse en electricidad, fluir por las pequeñas fracturas de ese muro y brillar con fuerza, como un rayo... Un rayo que se escapa de las nubes en los peores días... Las tormentas... Se escapan para brillar ante todos. Para mostrar que se puede huir de las sombras y emergir cuando las cosas peor estén. Siempre van acompañados por truenos... Suelen ser su banda sonora, la que muestra que la belleza está apareciendo. Y cuando lo hace, por mucho tiempo que pase, aún permanecerá ese recuerdo. Yo también quiero ser electricidad y mostrar lo que valgo...escapando de las nubes que me ensombrecen el camino... 


Porque las mejores personas son las que no piensan que lo son...